El paje que cambió un reino

Homenaje al Gran Capitán

            Gonzalo, el menor de los hermanos, va montado sobre un joven caballo alazán, de color canela tostado; su crin alterna mechones negros y canela que le dan carácter y ligera prestancia y gallardía. Parecen estar perfectamente acoplados, caballo y jinete…, y se nota por el estilo de su monta, y por cómo le palmea con suaves toques, que el muchacho le tiene cariño.

           Va vestido con un jubón verde oliva, con camisa blanca de mangas acuchilladas; calza entera ajustada, también verde, pero verde pardo. Lleva botas altas de cuero negro; ese tipo de bota que los caballeros calzan para la caza. Ceñida en un cinturón, algo caído hacia el costado derecho, lleva una daga.

            Alfonso es varios años mayor que Gonzalo. Cabalga junto a su hermano al trote, montando un caballo ruano cordobés, de un blanco rojizo, como si fuera mezcla de bayo y ruano puro. Viste igualmente jubón, de un granate apagado, con camisa y sobrevesta corta de color blanco, y calza de muslo negra. Lleva zapatillas de talón. A la espalda, porta un arco y un carcaj repleto de flechas, y al igual que Gonzalo, porta una daga.

            Han salido de caza, aunque por sus atuendos y desdén, parece más bien que era una excusa para salir de la hacienda. Marchan despacio, como si observaran cuidadosamente todas las rendijas y escondrijos que la vegetación de la sierra de los alrededores de Aguilar de la Frontera deja a la vista. Cabalgan por una zona próxima a la laguna de Zoñar, al sur del rio Cabra, y en esas horas de la mañana, la vegetación da sensación de paz y sosiego. Entre los múltiples cortados y barranqueras de la zona, salpicados de numerosos bolos de granito cubiertos de musgo, suelen cazarse ciervos, perdices, y también liebres y conejos que hacen las delicias de linces y lobos.

           A los bordes del sendero, florecen ya varias orquídeas entre jaras, brezos y algún madroño solitario. Van bordeando un pequeño arroyo y, mirando en la lontananza, el paisaje se asemeja a un lienzo en el que el cielo fuera el foco de resplandor que ilumina los tonos cálidos, verdes y dorados, que se mezclan entre la vegetación de flores, encinas, arbustos y alcornoques, sobre verdes prados y llanuras; todo con una armonía sutil que la naturaleza ha sabido combinar.

           Una nutria asustadiza les saca de su silencio.

           – Supongo que Don Pedro, cuando termine los asuntos que nos han traído a Montilla, querrá volver rápidamente a Córdoba –dice Gonzalo casi como hablando solo.

           – Tenlo por seguro, hermano –contesta Alfonso-. Además hay que preparar tu marcha. El infante Alfonso ya te está esperando.

           Es el año del señor de 1465 y Gonzalo tiene casi 12 años. Se prepara para entrar al servicio del infante Alfonso, hijo del Rey Juan II de Castilla. Aunque el infante tiene más o menos su edad, y D. Pedro de Cárcamo le ha preparado sobradamente para servirle, no deja de pensar en ello. Además está la infanta Isabel, dos años mayor que él, de la que ha llegado a sus oídos que tiene un fuerte carácter. Por lo que sabe, el príncipe es un muchacho tranquilo, nada impertinente y amante de la caza, como él. No duda que se llevarán bien. Lo que más teme en estos momentos, es al resto de personas que le rodeen, incluida…, ¡Claro está!, su hermana Isabel.

           – No te preocupes tanto, Gonzalo, -continúa su hermano, que parece adivinar sus pensamientos-. Prestarás tus servicios de forma impecable. Nuestro padre estaría muy orgulloso de ti, seguro. Y no solo eso, además, como siempre te han gustado las aventuras, y sería de extrañar que allí no te salieran en abundancia, tendrás de sobra ocasiones de practicar y poner en marcha esos inventos y estrategias que tanto te afanas en idear. No me extrañaría que el príncipe se encariñe contigo, si sabes no menospreciarle y querer parecer tú más inteligente que él.  Y seguramente antes de lo que piensas. ¡Eso sí! Cuídate de estar muy atento a todo. Por lo que he oído puede estallar pronto una guerra por la sucesión al trono de Castilla.

           -No entiendo que quieres decir, Alfonso. ¿Me ocultas algo? –contesta Gonzalo.

           -Tranquilo, hermano. De momento no hay nada. Tú concéntrate en servir al infante de la manera que nos han enseñado. Lo que ocurre, es que, hace unas semanas, según he podido saber por D. Pedro, algunos nobles, poco contentos desde que hace 3 años nació Juana, la hija del rey Enrique, se han reunido en Ávila y han proclamado heredero al infante Alfonso. Ya sabes que según todos los rumores de la corte, el rey es impotente. Por ello, y a decir de todas las habladurías, se piensa que la reina y D. Beltrán de la Cueva…ya sabes. ¡Y algunos nobles no están dispuestos a entregar el trono de Castilla a quien no lleve sangre real! Por eso te digo que se avecina una posible trifulca entre nobles por la sucesión y te conmino a que estés atento a todos los posibles peligros.

           – Yo serviré a nuestros reyes legítimos –responde Gonzalo-. Solo quiero ser útil para ayudar en la guerra contra el reino nazarí. Granada, tarde o temprano caerá bajo dominio de Castilla y Muley-Hacén tendrá que entregar el reino…, o morir.

           –  Seguro que tus ganas de aventurero se verán con creces superadas –contesta Alfonso con una leve sonrisilla en la boca-, y seguramente, con el tiempo, desearás estar tranquilito en Córdoba en lugar de pasar calamidades por tierras y lugares desconocidos, ¿O es solo una escusa para ver a la infanta?

           – ¡Ya te gustaría a ti servir a la infanta! No te hagas ilusiones hermanito –responde Gonzalo-. Seguramente la infanta Isabel termine desposándose con algún príncipe aragonés. Eso si acaba de manera natural el asunto de la sucesión del trono, ¡claro!

           – Pero… ¿Qué sabes tú de desposorios e intrigas palaciegas, mocoso? Eso te queda grande, renacuajo –le dice en broma Alfonso.

           Gonzalo hace un movimiento rápido, y coge a su hermano por el pie izquierdo volteándole de manera que cae del caballo.

           – ¡Voto al diablo! Ahora verás – dice Alfonso desde el suelo, desenvainando su daga- ¡Defiéndete sabandija!

           – Un verdadero caballero no lucha sin armadura, yelmo y espada –responde Gonzalo, bajando del caballo-, pero voy a darte una lección.

           Los dos hermanos, medio en broma, pelean con las dagas durante unos minutos. Siempre se han criado juntos. En Córdoba, bajo tutela de D. Pedro de Cárcamo, caballero con un don exquisito en sus modales y enseñanzas, los hermanos Fernández de Córdoba han pasado su niñez. Su hermana Leonor, en cambio, ha permanecido en la hacienda de Montilla, junto a su madre Dª Elvira.

           De los dos hermanos, Gonzalo siempre ha sido el más dispuesto y decidido, mostrando un ingenio poco habitual para muchachos de su edad. Sobre todo en el arte de dirigir y organizar a los demás muchachos en los combates simulados y batallas que organizan para entrenarse. Demuestra a sus maestros que dispone de habilidades poco comunes. Además, aunque le gustaría combatir contra el reino de Granada y ayudar a la causa cristiana, también está ávido de conocer otros reinos y vivir mil y una aventuras. No lo confiesa a nadie, pero sueña con mandar un ejército de soldados en países como Italia, del que ha oído por igual, cosas maravillosas y horrendas. En su mente dirige la infantería, coloca a los arqueros en posiciones estratégicas, organiza arcabuceros y caballería, adiestra soldados y… ¡Será el orgullo de los ejércitos!

           -¡Alto Gonzalo!, ya me cansé –dice Alfonso, que tiene la cabeza bajo el pie de Gonzalo.

           -Te has rendido, confiésalo Ccobarde sanguijuela! –grita Gonzalo lleno de orgullo.

           -¡Vale!, Pero es hora de volver –medita en voz alta Alfonso, poniéndose de pie – Ya no tengo ganas de cazar.

           La tarde está silenciosa y se oye el rumor del agua del rio. Al fondo, hacia la pequeña falda de la sierra oeste, en dirección a Montilla, se mezclan los montes de encinas, alcornocales y pinares. Una bandada de palomas torcaces pasa sobre sus cabezas y un cernícalo permanece atento a lo que pasa; y al este, hacia la ribera, en dirección a la vega del pequeño valle que forman los ríos Genil y Cabra, el verde de juncos y hierbas altas, oculta lo que seguramente es una familia o de tejones o de jabalíes, cuya actividad ruidosa hace volar pequeños grupos de perdices y abubillas nerviosas.

           Dan por concluida su teórica expedición de caza. Suben a los caballos y toman el sendero de vuelta.

           Ninguno es consciente de ello en esos momentos, pero una vez que Gonzalo, el menor de los hermanos Fernández de Córdoba, entre al servicio del príncipe Alfonso, la historia del Reino de Castilla ya no será la misma.

 

 

Publicado por Sergio Alonso

Sin amor, la vida es hacer tiempo.

2 comentarios sobre “El paje que cambió un reino

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