Los guardianes de nidos (1ª parte)

     Esta es una pequeña historia entre un niño y un gorrión, que aunque no te lo parezca, es tan real como la imaginación te lo permita.

     La historia comienza cuando un niño, de casi 9 años, quería una carabina de perdigones o balines para aprender a disparar, tal como había visto muchas veces en las casetas de feria que venían a su pueblo por las fiestas patronales, y en dibujos y películas que solía ver en la televisión. En las últimas fiestas, sus padres le dejaron probar con una de esas carabinas preparadas para disparar a bolas y palillos, cuyo objetivo era conseguir golosinas o muñecos. Puso tanto empeño y se le dio tan bien, que, como un experto tirador… ¡Consiguió de premio una bolsa de palomitas!

     Después de esa gran experiencia, tanto la quería, que sus padres, aunque no muy convencidos, en su siguiente cumpleaños, le regalaron una para que se entretuviera disparando en el amplio corral que tenía la casa, a dianas, latas, palos y otros objetos similares. Quizás su ilusión, pensaban, fuera ser de mayor, policía o soldado.

     Y al principio, todo sucedía según se habían imaginado. Sin embargo pasados algunos días, el niño, cansado de probar su puntería en latas y palos que colocaba en el corral de la finca familiar, decidió, cuando sus padres no le veían y no sin una cierta inquietud y titubeo, disparar a algo “menos fijo”, es decir, que se estuviera moviendo. Y claro, esperando, esperando, llegó el momento adecuado.

     – ¡Fabuloso! ¡Buena puntería! ¡Soy un titán! –Se decía el niño a sí mismo – , y con la carabina bien agarrada de la mano derecha, bajaba corriendo por las escaleras del cobertizo dónde había estado oculto esperando la llegada de un posible blanco.

     – ¡Maldita sea mi suerte! ¡Me han herido en el ala izquierda! –se decía el gorrión, que saltaba en el suelo desesperado, intentando retomar el vuelo.

     El niño, loco de contento, se aproxima al gorrión, pero cuando está a su lado…, simplemente, se para. Su cara cambia de expresión, pasando de reflejar alegría, a una progresiva tristeza y preocupación.

     – ¡Mi madre! ¡Pero qué he hecho! ¡Si seré bruto! – se decía mientras dejaba la carabina en el suelo e intentaba coger con la mano al gorrión que seguía aleteando sin parar.

     Al ver el peligro, el pajarillo se asusta e intenta escapar de las manos del niño. Sin embargo, el dolor del ala le impide moverse con agilidad. Con el ala derecha como único movimiento, lo único que conseguía era revolotear y efectuar giros sobre sí mismo.

     – ¡Monstruo, déjame! ¡Auxilio, auxilio…! ¿Por qué me has disparado? ¿Qué te he hecho para merecer tu furia? – Piaba en su lengua el gorrión.

     El niño, sorprendido, cree que oye como una voz de conciencia que le acusa. ¿Será su imaginación? No haciendo demasiado caso, por fin ha conseguido coger al pajarillo, y ya con él en la mano lo mira con sus grandes ojos verdes.

     – ¡Lo siento mucho! ¡Estate quieto y no te muevas! ¿No ves que lo que quiero es tratar de curarte? Parece que, afortunadamente, no te he hecho demasiado daño. No veo que sangres. Sólo te he dado en la parte inferior de tu ala izquierda. Pronto, si te calmas, podrás volver a volar.

     – ¡Sólo te he dado en el ala izquierda!… ¡Sólo te  he dado en el ala izquierda!… ¡Pedazo de animal!… ¿Te parece poco? – pía el gorrión que aún le dolía mas el ala estando atrapado en la mano del niño, pues éste presionaba, sin querer, demasiado.

      El niño soltó de pronto al gorrión y éste cayó al suelo.

      – ¿Eres tú quien habla? ¿Me entiendes? – dijo el niño mirando muy asustado al gorrión.

     – Naturalmente que te entiendo, ¡So bruto! Y también entiendo que eres un asesino de pajarillos que no tiene piedad –piaba el gorrión.

     – ¿Pero…? ¿Sabes hablar y entender mi idioma? – Dijo el niño sin terminar de creer lo que estaba pasando–. Yo no quería hacerte daño.

     – No, si encima es tonto este chaval –pía el gorrión para sí en voz alta– .Desde que nací solo hablo mi idioma. ¡Eres tú el que habla como yo y entiende lo que digo! ¡No al revés!…., ¡Pero yo no quería hacerte daño! ¡Pamplinas! – Repite en alto el gorrión- Si no querías hacerme daño no me habrías disparado con ese chisme.

     Confuso, el niño responde, sorprendido a sí mismo de hablar con un pájaro:

     – También yo…, desde que aprendí a hablar…, solo hablo mi idioma y entiendo en mi idioma. ¡Eres tú el que lo habla y entiende, y no al revés!

     El gorrión, que no parecía tonto, se dio cuenta que por alguna razón, él entendía al niño cuando hablaba y a su vez el niño le entendía a él cuando piaba. No podía explicarlo, pero así estaba ocurriendo.

     -Mira – dice el gorrión–,  me da igual la causa por la que nos entendemos cuando cada uno de nosotros habla “como siempre lo hemos hecho”. Pero el caso es que eres un malvado por haberme disparado cuando no te estaba molestando. ¡Esa es la realidad, te guste o no!

     – Si te calmas –contesta el niño, que aún no salía de su asombro de lo que le estaba sucediendo, pero empezaba a importarle un pimiento de porqué entendía al pajarillo, y a su vez el pajarillo le entendía a él–, te prometo no volver a usar la carabina para disparar a nada vivo.

     Durante un breve espacio de tiempo, los dos, niño y gorrión, permanecieron callados, mirándose mutuamente con recelo y sorpresa. Al rato, el niño intentó volver a coger al pajarillo.

     -¡Quieto parao!…, ni se te ocurra tocarme – chilla el gorrión.

     -Sólo quería ver como tenías el ala. ¿Te duele ya menos? – Responde el niño.

     – Por supuesto que ya me duele menos. Yo no soy un gorrión cualquiera. Soy un gorrión guardián de nidos, y los gorriones guardianes de nidos somos los mejores, los más fuertes, los mejor preparados para las adversidades, y a los que nos protege el destino, en especial los dioses de las aves.

     -¿Y qué hacen de especial los gorriones guardianes de nidos? – pregunta el niño con interés, mientras se rascaba la barbilla con aires de curiosidad.

     -¡No, si encima eres tonto! – Responde el gorrión – ¡Pues que vamos a hacer…! ¡Guardar nidos! Guardar nidos para que los huevos y polluelos no sufran daños de locos como tú y de otras alimañas similares.

     -Y…, – con aires de cierta malicia pregunta el niño- ¿Contra qué otras amenazas os enfrentáis? No creo que si alguien o algo atacaran un nido, pequeños pajarillos como vosotros podáis impedir que  os roben y asalten.

     – Eso piensas, porque no sabes las sorpresas que tenemos preparadas para los invasores.

     – ¿Y qué sorpresas son ésas, si se puede saber? –dice el niño.

     – ¿Cómo voy a contártelas si tú eres un invasor? –contesta con las plumas de la cabeza ligeramente empinadas de enfado que tenía, el gorrión.

     – Bueno, – piensa el niño para sí, pero en voz alta–, razón no te falta. Eres más espabilado que algunos amigos míos. Te diré lo que haremos. Si quieres, yo te puedo ayudar a guardar los nidos. Seremos colegas guardianes de nidos.

     – No me fio de ti. Además nuestros nidos están altos, y tú no sabes volar ¿Cómo me vas a ayudar? –responde el pajarillo.

     – Pues…, desde el suelo. Si tú me enseñas los trucos que usáis, yo vigilaré desde el suelo por si algún enemigo de huevos y polluelos quiere hacer daño a los nidos, y tú vigilarás desde el aire o desde lo alto. ¿Qué te parece?

     -¿Y qué ganas en todo este empeño, si se puede saber? – Contesta el gorrión no muy convencido– .No te lo tomes a mal, pero me has disparado y no me fío de ti.

     -Tómalo como el pago o castigo que tengo que hacer por el daño que te he causado sin merecerlo. –dice el niño, mirando fijamente a los ojos del gorrión. ¿Te parece bien?

     El gorrión no contestó y se quedó con aires pensativos. Viendo el niño que no le contestaba, y dada las muchas preguntas que le quería hacer, le dijo sin esperar respuesta:

     – ¿Y cómo se distingue un gorrión normal de uno guardián de nidos?

     El gorrión seguía callado, pero finalmente pió:

     – A tu primera pregunta, te digo, que bueno, que podemos intentar que me ayudes a guardar los nidos. Pensándolo bien me vendría bien la ayuda de un grandullón como tú. Y a tu segunda pregunta, si te fijas bien en mí, los gorriones guardianes de nidos tenemos más ancha y pronunciada la banda de color blanco que nos sale a la mitad de las alas; y el antifaz negro que tenemos alrededor de los ojos, más negro y ancho; además de unos puntitos de color amarillo a los lados del pico. Aunque eso no es suficiente para ser guardián de nidos. Esas son las premisas de nacimiento, pero no todos los gorriones que las tienen consiguen serlo. Tenemos, además, que pasar numerosas pruebas para demostrar nuestra valía, sagacidad y conocimientos de táctica y combate. No te creas que es fácil llegar a ser guardián de nidos.

     – Entonces, ¿No todos los gorriones que exteriormente tenéis esas marcas, sois guardianes de nidos? –dijo el niño.

     – ¡Exacto! –Contestó el gorrión–. Veo que vas espabilando. Quizás no seas tan torpe como lo parecías a primera vista.

     Y así, el niño y el gorrión siguieron un rato más hablando, ¡Y entendiéndose!, de sus futuros planes como guardianes de nidos; y poco a poco entablando una amistad inusual, pero sincera. Hablaron de sus preocupaciones por el trabajo tan grande  y de tanta responsabilidad que era guardar los nidos, y así, estableciendo estrategias, contraseñas, tácticas y maniobras de defensa, se les pasó la tarde. El niño, que no había dicho que se llama Joel, estaba encantado con su nuevo amigo, Piveloz, que así se llama el gorrión, y que según le contó significaba “el que habla y vuela sin descanso”.

     Joel pensaba, ahora, que era mucho mejor tener por amigos a los gorriones guardianes de nidos, que dispararlos con la carabina, ¡De eso no había duda! Y las aventuras que el futuro les tenía reservadas, prometían ser interesantes aunque no exentas de peligros.

 

 

 

 

 

Publicado por Sergio Alonso

Sin amor, la vida es hacer tiempo.

2 comentarios sobre “Los guardianes de nidos (1ª parte)

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