AZUL Y VERDE (III)

(Continuando con las dos primeras entregas, R. y S. (que ya son Raúl y Selena) continúan su conversación en las hamacas de la playa. Raúl está sentado al borde de la suya y Selena está sentada  a lo largo de ella, con las piernas totalmente estiradas)

–Por ejemplo, ahora tengo un libro – Raúl siguió hablando a las gafas de sol, y Selena, instintivamente, miró, un poquito, el libro que tenía en sus manos – que trate del tema que sea, sobre todo si es una historia de ficción, que no es el caso, y esté basada en hechos reales o no, necesariamente no tiene porqué reflejar, ni pretenderá, una visión personal del autor, entendido éste como persona, no como escritor. Sea quien sea – en ese momento la mostró el libro: una edición de bolsillo de “Poesía española y francesa del Siglo XIX, desde la visión práctica del Siglo XXI” –, le aseguro – continuó –, que no es necesario ser un malvado asesino o un pervertido, para escribir novelas de terror, igual que no es necesario estar enamorado para escribir novelas de amor. Las palabras son lo que son. Cualquier persona puede escribir palabras. Pero lo importante de ellas es el sentido que tienen en cada frase y lo que pueden transmitir en el contexto en que se empleen. Reflejan la intención o sentimientos del personaje del libro que las pronuncia. No es necesario que esas palabras reflejen lo que piensa y siente quien las escribe, sino sólo quien las pronuncia en la ficción, en función de la personalidad del personaje. No obstante, en mi opinión, y se lo dice alguien que intenta ganarse la vida por medio de la palabra escrita, nada es más elocuente y sincero, para que crean lo que decimos, que mirar a los ojos de quien habla. Cuando alguien no dice la verdad, o aparta la mirada al hablar o los ojos le delatan. Mirar directamente a los ojos, permite percibir, la mayoría de las veces, un fiel reflejo de cómo es la persona.

Hizo un breve descanso para ver la reacción de la mujer a sus palabras, pero Selena no se dio por aludida, y siguió sin quitarse las gafas de sol. ¡Eso sí!, le miraba directamente a la cara, y tras sus gafas, Raúl intuía que le miraba directamente a los ojos.

– En cualquier caso – continuó hablando –, desde el punto de vista de lectores anónimos, no creo que les interese demasiado cómo es el escritor en su vida real. Para los lectores la historia que transmite el libro es lo que importa. Que sea creíble y entretenida, y para algunos, más exquisitos, que tenga calidad literaria. Pero esto importa a los menos. En mi caso particular, le aseguro que hay escritores que si bien los admiro por su obra, sin embargo les rechazo por su persona o por su forma de vivir o de entender la vida.

– Deduzco por sus palabras – habló por fin Selena –, que le ha molestado algo lo que he dicho. No ha sido, créame, con mala intención. Siento haber estado algo inoportuna. Le ruego me disculpe. Como usted dice, yo solo leo, principalmente, para entretenerme y pasar el rato. No pretendo entender de calidad literaria. Lo siento.

– No se disculpe –dijo Raúl-. Cada uno tiene su propia opinión sobre cualquier cosa, y por supuesto sobre literatura y escritores.

Raúl se consideraba experto en relaciones, sobre todo con mujeres. Y sabía que había que ir con cautela, sin atosigar. Creyó que ese momento era el adecuado para terminar esta primera aproximación a esa agradable mujer. Se disculpó como pudo y le preguntó si podía dejar su toalla y su libro a su lado, pues se iba a dar un paseo por la playa para relajarse, no antes de invitarla a ir con él, cosa que Selena rechazó, para quedarse a disfrutar del sol. Algo que Raúl ya sabía que iba a decir.

– No se preocupe, – contestó Selena –, vaya usted a pasear, que tengo pensado estar aquí un buen rato disfrutando de la playa y de su tranquilidad, antes de hacer otros planes.

Raúl exhibió una discreta sonrisa, dijo gracias, y se alejó en dirección al mar con la intención de pasear por la playa de forma que pisara arena húmeda. No había ido a ese hotel, ni estaba en la ciudad, con la intención de hablar con ninguna chica, pero por alguna razón no pudo resistirse a acercarse. Desde que la vio en el comedor del hotel se sintió atraído por ella.

Sin embargo, los pensamientos que ahora acudían a su mente eran otros. El ligero viento, apenas perceptible, era lo suficientemente intenso para refrescar su torso, pues era suave, cálido y agradable. Cerró por un momento los ojos y dejó que la brisa le acariciara la cara y moviera su pelo castaño. Acababa de entrar en la cuarentena y era un hombre atractivo. La cara bien afeitada, facciones duras y mirada de ojos verdes cautivadores. Se notaba que hacía deporte habitualmente, pues su cuerpo era atlético, aunque sin exagerar. A su mente volvió la preocupación que le tenía sumido en un mar de dudas antes de salir de la habitación del hotel, por lo que esperaba que un paseo le ayudara a aclarar las ideas. Sabía que no sería suficiente, pero necesitaba hacerlo. Por un simple paseo los problemas no se solucionan solos, eso es evidente, pensaba, pero puede ayudar a valorar otras opciones. No obstante, los dos días que llevaba en el hotel con la intención de ver las cosas claras, aún no le habían servido para nada. Era como si un personaje inventado por él, se negara a hacer lo que él escribía o quería escribir. Cómo si los personajes tuvieran vida propia e hicieran lo que les apetecía, sin seguir sus reglas. Eso le pasaba con su vida; él la dirigía o creía que la dirigía, pero en la práctica, hacía lo que no debía o no seguía los razonamientos correctos.  Su subconsciente siempre le traicionaba.

A los pocos minutos de seguir andando, se paró un rato y no pudo reprimir el deseo de volver a mirar en dirección a la hamaca dónde Selena seguía tumbada. Se había alejado ya bastante y apenas la percibía, pero sabía dónde estaba. Y volvió a aparcar sus problemas para esbozar una pícara sonrisa, respirar hondo, y saber que, al menos, durante ese día, tendría con quien hablar y distraerse. O eso es lo que él creía en ese momento.

Publicado por Sergio Alonso

Sin amor, la vida es hacer tiempo.

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