Aventuras y desventuras de Don Diego, Conde de La Peña

(Narradas por el cronista D. Fígaro del Duero)

CAPÍTULO I

Relato breve escrito para participar en un concurso de cuentos de carnaval. 2016.

Hallándonos en época que algunos eruditos llaman Romanticismo español, casi ya olvidada la etapa de ocupación del maldito francés, y en plena primavera de una ciudad de nuestra patria, la cual no hace ocasión nombrar por lo conocido en ella de esta familia, iban Don Diego Cándido y Montero, Conde de La Peña, y Plácido, un humilde compañero de fatigas y desvaríos, en la tarde de un día de carnaval, hacia el bullicioso centro de la ciudad, sal y pimienta de la mejor especie, tanto para el cuerpo como para el alma. Dicen todos los cronistas, autores, historiógrafos y demás graves eruditos, que hazañas de tan famoso joven no se han tratado, contado, ni escrito, antes de estos tiempos.

Don Diego, como era su costumbre, se levantaba tarde, pues un joven debe guardar el reposo que el cuerpo le exige. Luego daba cuerda al reloj y empleaba media hora en tomar sus bollos y otra media en asearse. Ya en la calle, solía dirigir, días más y días menos, sus pasos – y no digo dirigían por ser Plácido un simple caldero y él la soga – a la Cuesta del Infierno, dónde la fama dice que habita una dama cuyo linaje y mayorazgo procedía, así se creía, de los descendientes del mismo Vulcano.

Saliendo nuestro galán solo, muy al final de la tarde, de la mencionada hacienda, y sin saber este cronista qué ha sido de su compañero, tomaba dirección de la Plaza Mayor ya entrada la noche. Una noche más para él, pero no una noche cualquiera para el pueblo llano, pues toda la ciudad bullía de esqueletos con caras zaínas y de calabaza pasada, algunos con maraña de cabellos como escobajos.  Nadie dudaría que esa noche, tales grupos tenían como única misión ir buscando prosélitos de fiesta, jolgorio y aventura.

Como contador de estos saraos, diré no obstante, que no eran “habitúel” –permítanme expresarme en francés – de la ciudad, y que solo en dichas fechas se veían, con la única escusa –entendible y loable en estos tiempos– de que después venía la estación del sosiego, la calma y las apariencias. No puedo por menos dejar constancia, que dichos atributos de la mencionada estación, se llevaban hasta límites extremos, más por el que dirán, que por iniciativa y reflexiones internamente asumidas y sentidas.

Siguiendo con la crónica, he de anunciar que de los salones y fondas de la Plaza Mayor, y del entorno de la Calle Imperial, salían, esa noche, todo tipo de personajillos con mucha animación y no menos alegría: mujeres zancudas; tipos de 3 pesetas y de 7 enanitos; aquél medio diente y ese otro bisturí de nácar; curtidores de carne y cortadores de pieles… -por aquello de confundir al de la mitra-, estrellas del firmamento manolesco; vendedores de callos, caracoles y castañas; príncipes con máscara para guardar las apariencias; reyes -y no de copas, oros ó bastos-…, pero también…  Y si no fuera creído, certifico ver duques, condes y marqueses engalanados con trajes sin faltar detalle de su heráldica…., al menos en perfecta apariencia externa. De las numerosas damas, que también las hay, me permito guardar la debida discreción.

Verdad es y la historia no me permite permanecer callado en este punto, que éstas, tertulias entre amigos, solían terminar las más de las veces, con refresco de palos y siestas en colchones de losas y piedras frías, que, no obstante, ya quisieran en lo más profundo de su ser para sí, cardenales, obispillos y otros siervos del Señor, aunque las espaldas tuvieran, 40 días y sus noches, como si todo el cónclave romano les hubiera caído encima, en penitencia obligada. Pero ya lo decía aquel poeta y mejor cronista, funestamente malogrado… ¿Qué son los palos, sino gustoso postre después de degustar manjares suculentos de amor, amistad, vino y camaradería?

Estas anécdotas que ahora inicio y narro, en estas crónicas que por hechura me he propuesto contar de Don Diego de Cándido y Montero, Conde de La Peña, como corresponde a la alcurnia debida a su estirpe, linaje y, sobre todo, fama del protagonista, les aseguro, humilde público, que siguen fiel y puntillosamente lo acontecido, las cuales en sucesivos capítulos iré narrando, como mejor expresarme pueda, para goce y disfrute de sus ratos de ocio.

Publicado por Sergio Alonso

Sin amor, la vida es hacer tiempo.

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