AZUL Y VERDE (II)

– Si, tiene usted razón – respondió S. – hace una mañana deliciosa.

        Afortunadamente, pensó, las enormes gafas de sol ocultaban su mirada. No es que fuera descortés, pero así se sentía más protegida. Aunque hubiera querido estar sola, no la importó que alguien, aparentemente amable, quisiera hablarle.

       – En estos momentos, y a estas horas de la mañana – añadió -, no se me ocurre un plan mejor que disfrutar del ambiente y la tranquilidad que nos da esta delicia de playa.

       – Estoy de acuerdo –respondió R.-. Por esa razón traigo un libro. Me gusta leer un rato antes de hacer otros planes. Hace que mis pensamientos se relajen y que se asienten en su sitio dentro de mi mente. Leyendo, olvido por un momento las preocupaciones y así, de esa forma, mi yo interno se prepara para el resto del día. Y la playa es un lugar perfecto para hacerlo.

        R. sin querer ser descortés a propósito, miró por un momento al horizonte, donde un apacible mar apenas levantaba olas de medio metro de altura, de la calma que tenía. Había, aún, poca gente por la playa, y la mayoría paseaban por ella para atrapar algo de brisa y de sol. Dado que la mujer parecía no querer decir nada, de momento, no le quedó más remedio que seguir hablando. Quedarse callado hubiera sido dar por concluida la charla. Y por supuesto, abandonar no entraba en sus planes.

        – Soy escritor –continuó por hablar de algo-. Estoy en la fase de captar nuevas sensaciones, ordenar, si puedo, las que ya tengo, y recopilar datos y lugares –lo de relacionarse con personas e intentar interiorizar sus personalidades que luego usaba para crear personajes, se lo calló, pues no era, ahora, momento adecuado para hablar de ello–. No es que esto dé siempre un resultado concreto, pero a veces necesito evadirme para que luego surjan las ideas que quiero escribir.

         Mientras hablaba -S. seguía callada mirándole-, R. miraba a las gafas de sol intentando descubrir, con discreción, qué había detrás. Los ojos de las personas, pero sobre todo sus miradas, lo eran todo para él. Podía escribir verdaderos relatos e historias, con solo intuir lo que transmite una mirada. Tenía ese don. No obstante, dado que las oscuras gafas de sol no se lo permitían, de momento se contentaba con interiorizar los rasgos de su cara, su pelo castaño claro con ligeras ondas, cortado hasta los hombros, y el resto del cuerpo que dejaba ver el pañuelo verde claro. Lo asimilaba en segundos. Mirando sin mirar. No quería parecer descarado. Sabía lo que hacía.

         – Nunca se sabe cuando dicen la verdad los escritores – habló de repente S.- Por lo general inventan historias, que, aunque sean bonitas, poco dicen de como es la persona que las escribe. Y ésta puede ser radicalmente distinta a lo que expresan sus personajes y la historia que viven en la ficción. Es lo que creo, aunque es la primera vez que hablo con un escritor.

        – Le aseguro, que no tengo ningún interés en contradecirla –dijo-. Pero si hay ocasión, y no la molesta mi conversación y mi compañía, espero poder, al menos, intentar que cambie esa impresión que tiene de los que ejercemos esa  profesión. No es necesariamente desacertada, lo confieso, pero hay muchos detalles para que resulte, al menos, discutible. Es difícil que ningún personaje de un libro, no refleje en cierto grado, alguna característica de su creador.

         R. volvió a dirigirse a las gafas de sol con una mirada sincera. Le agradaba esa mujer tan callada, con una bella figura, una sonrisa bonita, y una melena que entonaba bien con todo el conjunto. No sabía aún su nombre y cómo serían sus ojos. Pero eso podía, de momento, esperar. En esos minutos, ya casi había olvidado lo que le preocupaba durante el desayuno.

Publicado por Sergio Alonso

Sin amor, la vida es hacer tiempo.

Un comentario en “AZUL Y VERDE (II)

  1. Me encanta cómo una lectura puede transportarte a los lugares más paradisíacos del mundo y en la mejor compañía. Somos realidad y ficción igual que cuerpo y mente. Y disfrutar con las dos.

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