CARTA A LA AÑORANZA

Carta con destino Turquía

Mí querido Oscar:

            En primer lugar quiero que sepas que estoy algo enfadada contigo. Mejor seré sincera. Estoy muy enfadada contigo. Hace mucho que no vienes a verme, como si tu abuela ya no existiera en el mundo. ¿Te parece bonito? No, no hace falta que me respondas que ya lo sé. Seguro que tus palabras son, “pero bueno abuela, que sabes que te adoro y que te quiero muchísimo…”. Sí, sí, siempre dices lo mismo pero desde que te hiciste un hombrecito me apartaste de tu vida. Primero que si los amigos te venían a buscar para ir a ver el partido… Luego que si a dar una vuelta… Que hoy pasamos la tarde en casa del primo de tal o de cual…Más tarde… ¡hijo si ni siquiera te salía la barba y me presentabas a una compañera de clase cada semana!, ¡vaya temporadita! No las dejabas ni un momento. ¿O eran ellas a ti? Bueno da igual. Pero el caso es que poco a poco fuiste olvidando a la abuela Reme, o eso me parecía a mí. Ya sé que venías a comer conmigo los domingos y me hablabas de todo. Pero no era lo mismo que cuando eras mi niño pequeño. Aunque me contabas tus cosas…, intuía que lo más importante te lo callabas. Te estabas haciendo mayor, era evidente. Los adultos, no es que mintamos, es que nos callamos algunas cosas, o solo hablamos de lo que queremos. Eso hacías tú, poco a poco, sin malicia, y sin darte cuenta ¡Simplemente crecías!

Más tarde que si la Universidad, que si tenías que estudiar, que te vas un verano para aprender inglés a Inglaterra…, – y no te preocupes que te escribiré todas las semanas, abuela -, ¡Y una mierd…! Perdona, ya sabes que no me gusta hablar mal. La primera semana  una cartita, y listo. ¡Eso sí! cuando volvías…, lo olvidaba todo. ¡Mi niño!

La verdad es que te echo mucho de menos y querría tenerte siempre a mi lado. Las personas mayores somos así, egoístas. Pero no creas que no te comprendo. Yo también tuve tu edad. Tienes que vivir tu vida, ya lo sé, pero ¡hijo mío! deja un ratito para hablar y estar con la abuela. Una cosa no quita la otra. Te guste o no, también te cambié los pañales y te llevaba al parque para que te pusieras hasta las orejas de arena y de barro. Tú lo pasabas en grande, y luego era yo la que tenía que aguantar las quejas de tu madre. ¡Como si la otra abuela no hiciera lo mismo y nunca la reñían! Menos mal que no se lo tengo en cuenta. Lo importante era lo mucho que disfrutábamos juntos. Si no, no hablaría a tu madre. ¡Cómo te divertías con los demás niños y cómo presumía de ti! ¡Eras el niño más listo y guapo del barrio! ¡La envidia de mis vecinas!

Pero bueno, a lo que iba, que sabiendo desde hace varias semanas que te ibas a ir a un país extranjero, no te perdono que no me lo hayas contado, y mucho menos que tengas el valor de haberte ido sin despedirte. Sí, ya sé que no has podido por el trabajo, y que lo que más lamentas es no venir a verme. – ¡Pero abuela, que no es para toda la vida!…, que solo son unos meses y luego vuelvo…, que es una experiencia que no puedo rechazar en estos momentos…, que es fundamental para mi carrera…, que patatín y patatán – ¡Cuentos y pamplinas! Eso no quita para que hagas un hueco y vengas a ver a tu abuela y la alegres el día. ¡Sinvergüenza! Mira que irse a Turquía. ¡Y sólo una llamada desde el aeropuerto! ¡Pero hijo!, ¿Qué se te ha perdido allí? ¿No sabes que estos países son muy peligrosos? Hay de todo, y no precisamente bueno. ¡Es que no ves la televisión! Si no hay un día que no den una mala noticia. ¡Que estará lleno de turcos! Acuérdate de Cervantes, que le capturaron y estuvo preso un sinfín de tiempo ¿A ver si a ti, por tonto, te pasa igual?  Y tú dirás, pero abuela, que los tiempos no son lo mismo…, que ahora todo es distinto…, que Turquía quiere entrar en la Unión Europea, que… ¡Cuentos!, Esos lo que quieren es volver a conquistar Europa como hace muchos siglos.

Y a todo esto, ¿Qué diantres vas a hacer allí? Es que aquí no hay sitios para que los jóvenes trabajéis y cojáis experiencia. La culpa la tienen estos gobiernos modernos. ¡No saben hacer nada para los jóvenes! ¡Ni para los mayores tampoco, no creas! Yo, porque me gusta leer, ver la televisión y salir al corro con mis amigas, pero, por ejemplo, la pobre Josefa y la Manuela, no tienen casi ni para pan. Y eso que sus maridos no dejaron un solo día de trabajar. Y ahora, el gobierno si te he visto no me acuerdo…

En fin, no quiero seguir riñéndote. Lo hecho, hecho está.  Ahora bien, te recuerdo que no tienes que fiarte de nadie. Si ya lo decía tu abuelo Ciriaco. ¿Te acordarás de tu abuelo, no? Aunque te lo he contado muchas veces, te recuerdo que siempre te llevaba a pescar, que cuidabais juntos las ovejas y los caballos…, Es verdad que siempre me dices: ¡Cómo no me voy a acordar¡ Te recuerdo abuela que ya era mayor cuando el abuelo murió. Tenía 10 años y lo recuerdo bien. Además ya estás tú para recordármelo.

¡Hay, mi querido Ciriaco! Al principio mi padre no lo podía ni ver. ¡Qué vas a hacer tú con ese podenco, que solo sabe trabajar y trabajar en las teleras y cobertizos! Pues vaya una vida. Tú lo que tienes que hacer es estudiar y ser maestra. ¡Hay papá, que nostalgia…, la vida no perdona.., y el amor lo puede todo! ¡Si le hubiera hecho caso…!

En fin, que me pongo melancólica y me desvío de la carta. Disculpa.

Pero Oscar, ¡Ojito, que te conozco! Que tu madre siempre te ha dejado hacer lo que te place, y menos mal que estaba yo para cuidarte. Porque, te lo tengo que decir una vez más, siempre has sido un poco calavera y juerguista, como tu tío Oscarín. No sé porqué a tu padre se le ocurrió ponerte el nombre de su hermano. Con lo bonito que es el suyo. ¡Pero no, tenía que ser el del Oscar! Y encima fue tu padrino. Ya sé que también es mi hijo, pero eso no quiere decir que no sepa que es un vivalavirgen. Salió a su abuelo paterno. ¡Eso fijo! No se puede comparar a tu padre. Siempre serio y correcto, cuidadoso, ordenado, elegante, obediente, cariñoso. ¡Si lo tiene todo! Lo malo fue que conoció a tu madre. ¡Bueno, no se puede acertar en todo!

Mi niño, Oscar, si te escribo esta carta, que parece un poco larga, ¡Te aguantas! No quiero, ni me apetece, hacerla más corta. Además tengo todo el derecho del mundo para hablarte. Si no, haberme venido a ver antes de irte. Y espero que esta vez me escribas. Pero cartas como Dios manda. Ahora con los móviles ya no enviáis cartas. Ya ves, yo que me tengo por moderna, hijo, no aguanto esos cacharros. Una cosa es hablar por teléfono, pero escribir y escribir y decir tonterías a todas horas, casi al de al lado.., ¡pues díselo de palabra, digo yo! No os entiendo a los jóvenes. Cuando estamos sentadas la Josefa, la Manuela y algunas más en una terraza de la plaza, me fijo en los grupos de jóvenes y todos están con esos chismes, pero nadie hace caso al chico o chica que tienen al lado ¿Es eso normal? Sí, me dices siempre, es normal. El mundo se ha globalizado y todo es distinto…, pero no es ni mejor, ni peor que antes.

Yo en eso creo que te equivocas. Pienso que es peor, y no tiene señal de arreglarse. Pero no lo verán mis ojos. Como decía mi Ciriaco, ¡Esta juventud ha nacido para no hacer nada útil!

Y hablando de nada… ¡Nada de una sola carta! Envíame varias, o mejor postales cada semana, que me imagino que en esos países moros, aunque escriban con garabatos, también habrá lugares preciosos. Daba gusto recibir postales antiguamente. Podías ver los sitios en los que ibas de vacaciones, los monumentos y paisajes verdes y floridos. Ahora enviáis una foto por el móvil y ya está. No es lo mismo. Y tú dirás que si es lo mismo, abuela, y que además puedes ver a la persona que viaja, porque se pone en las fotos, y con las postales no.  Vale, lo admito, pero no ves su escritura, de su puño y letra, y eso es insustituible.

            No creas que no voy a reñir a tu padre, por no controlarte más. Yo le crié bien, pero él os ha malcriado. Pensáis que con 23 años ya podéis hacer lo que os da la gana, y sois todavía unos críos. Pero si tiene que ser así, no será tu abuela la que te aburra. Cuídate mucho y ojito con las chicas turcas. Que aquí somos muy cristianos y a ver si te hacen musulmán. Por amor, lo sé por mí misma…, se hace cualquier tontería. ¡No me riñas! Los mayores somos un rollo, vale, pero todo lo hacemos y decimos de buen corazón, porque os queremos mucho. Y porque anhelamos también que nos hagan compañía. No quiero que pienses que eres mi nieto preferido, aunque te lo haya dicho alguna que otra vez. Pero es que tu hermano y tu hermana, hijo, apenas suelen venir a verme. Y eso que siempre hice con ellos lo mismo que contigo. Pero, claro, cada uno sale a su manera. Y tú, mi pequeño Oscar, eres mi ojito derecho…, y el izquierdo. ¡Vaya, me estoy poniendo un poco triste y no quiero manchar el papel con mis lágrimas! ¿Ves? Una lágrima no puede caerse en el escrito de un ordenador ni de un móvil y dejar señal ¡Esa es la diferencia con el papel! ¡Transmite sentimientos! Los mismos que quiero enviarte desde mi corazón dolorido porque te añora,  y el mayor abrazo de tu abuela, que te quiere hasta el fin del mundo y te echa mucho de menos.

Reme.

Publicado por Sergio Alonso

Sin amor, la vida es hacer tiempo.

5 comentarios sobre “CARTA A LA AÑORANZA

  1. Sergio, un bonito relato, pero deberías cambiar el país de destino. Hoy por hoy, la abuela Reme estaría enganchada a una o dos telenovelas turcas cuyos devenires comentaría a diario con sus comadres, y el que su nieto se fuese a conocer de primera mano a esos señores bigotudos tan atractivos, le parecería lo más de presumir en la tertulia de la plaza. 😉

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