Cuéntame un cuento, que yo te ayudo. Zapatín, el conejo saltarín (I)

(I)

Ana es una niña de 5 años a la que le encantan los cuentos. Todas las noches, antes de dormir, su papá le cuenta un cuento. Mejor dicho, se duerme oyendo un cuento. Para ello, se acomoda bien bajo las sábanas, se tapa y se pone de tal forma que todos sus sentidos se concentran en la narración. Su papá apaga la luz de la habitación, se sienta al borde de la cama y Ana le coge con su pequeña mano, como puede, uno de sus dedos, normalmente el índice o el corazón. No se concentra, ni está cómoda, si no tiene agarrado el dedo de su papá.

            Cuando era aún más pequeña, su papá le contaba alguno de los cuentos tradicionales, que a Ana le encantaban; pero un día le dijo que quería otro cuento. Entonces su papá se inventó uno… ¡Y esa fue su perdición!  Ahora Ana sólo quiere, todas las noches, el cuento inventado. Pero como su papá no siempre se acuerda de lo que había contado el día anterior, dado que lo narraba según se le iba ocurriendo en esos momentos, Ana tiene que corregirle y decirle como tiene que seguir el cuento, si no seguía la misma historia de días anteriores. Por ello, ahora, todas las noches, el papá tiene que seguir con el mismo cuento…, y Ana, que se acuerda de todo, le ayuda.

Y así comienza el cuento de “ZAPATÍN, EL CONEJO SALTARÍN”:

            Erase una vez un lindo conejito al que su mamá puso de nombre Zapatín. Su nombre se debía a que tenía la parte inferior de las patitas de color blanco, de un blanco como el de la nieve, en contraste con el resto de su pelaje, que es gris azulado. Zapatín tiene 10 hermanos, y claro, su mamá ya no sabía que nombre poner a cada uno, y pensó que Zapatín era el más adecuado para su conejín más pequeño.

            Cuando todos los conejitos salían de la madriguera para ir recorriendo el mundo, Zapatín siempre andaba dando saltos. O más bien, saltaba, en vez de andar. Y no sabía moverse de otra manera. Además, le encantaba saltar. Mamá conejo siempre les estaba vigilando en sus juegos, para que no se metieran en líos, pero claro… ¡Eran tantos y tan traviesos! ¡Y estaba tan ocupada!

             Un día, a Zapatín se le ocurrió ir saltando detrás de un pajarito…

             – ¡Que no, papá!, que era detrás de una mariposa – le dice Ana a su papá, que ya empezaba a dormirse de aburrimiento y de contar siempre lo mismo.

            -¡Vale!, disculpa. Pues detrás de una mariposa –continuó el papá.

            …, pero claro, ya sabemos que a las mariposas las gusta ir volando de flor en flor. Se posan un ratito y luego vuelven a volar hasta que encuentran otra flor donde descansar. Y así van recorriendo bosques y prados. Por ello, Zapatín, que no era, por cierto, nada obediente sobre los consejos de su mamá, se fue alejando de la madriguera persiguiendo a la mariposa.

            Llegó un momento, después de mucho ir saltando por aquí y por allá, que la mariposa se cansó de volar cerca del suelo, y ¡Madre mía, que altura cogió!…, empezó a subir, subir y subir a lo alto de las copas de los árboles, de tal manera que Zapatín la perdió de vista.

            ¡Ni saltando todo lo que era capaz, conseguía saber dónde se había metido!, y lo que era peor…, no tenía ni idea de dónde se encontraba. Sin darse cuenta, había ido a un lugar del bosque dónde los árboles, los ramajes, los olores, las hojas caídas por el suelo…, todo a su alrededor le era desconocido. ¡Pero estaban riquísimas algunas hierbas!, pensaba Zapatín, no dejando de roer hierbas, hojas y raíces.

            ¡De repente…! oye una voz…

            – ¡Eh tú…, renacuajo…! ¿Qué se te ha perdido en esta parte de mi bosque?, – le dice un animalito con cara de pocos amigos y todo lleno de pinchos.

            – Yo…, es que…, no hago nada…, pero… ¿Me va a hacer daño, señor? – responde Zapatín.

            – ¡Qué señor ni qué porras! –dice el animalillo-. Me llamo Retoñi, soy una eriza que vive por aquí. Y perdona si te he asustado. – Aunque no se sabía bien con certeza quién de los dos lo estaba más-.

            – He llegado hasta aquí persiguiendo a una mariposa, y ahora no sé volver a mi casa. Mi nombre es Zapatín ¿Puedes ayudarme, Retoñi? – dice el conejillo.

            – Podría…, si supiera quién eres y dónde vives, pero no es el caso. Además, no tengo tiempo. Estoy muy ocupada aseándome. ¡Faltaría más! ¡Como si no tuviera una otra cosa que hacer!  – habla para sí el erizo en voz alta-. Retoñi se marcha y se oculta tras unos matorrales sin que a Zapatín le dé tiempo de responderla.

            Total, que Zapatín, viéndose solo,  empieza a andar en una dirección cualquiera…

            -A andar no, papá. Acuérdate de que siempre va saltando –corrige Ana.

           Su papá, después de decir “vale, tienes razón…”, continúa…, total, que Zapatín empieza a saltar en una dirección cualquiera, porque le daba igual. Apenas había dado unos cuantos saltos, cuando ¡Zas!, le da algo en la cabeza. Zapatín mira hacia arriba.

           – ¿Qué tal, enano? –le dice una ardilla sentada a lo vaquero en una rama de un enorme roble-. No he podido evitar oírte hablar con la cursi de Retoñi. No la hagas caso. Solo sabe pensar en ella misma.

           – ¿Entonces usted sí sabe dónde está mi casa? –responde algo tímido Zapatín, rascándose la cabeza del golpe que le había dado la ardilla con la bellota. ¡Zapatín nunca había visto una ardilla roja!, bueno, ni roja ni de ningún otro color.

          – Ni idea. Desde aquí no se la puede ver. Además… ¿Por qué tenía que ayudarte? – responde la ardilla.

          –Zapatín se lo piensa un momento y responde… ¿No dice usted que Retoñi solo sabe pensar en ella misma? Eso quiere decir que usted, sí ayuda a los animales perdidos, ¿No?

          – En primer lugar, no me llames de usted, que no soy tan mayor –responde la ardilla-. Mi nombre es Gauche…, y sí…, te voy a ayudar porque estoy algo aburrido hoy. Te diré lo que vamos a hacer. Yo voy saltando por los árboles y tú me sigues por el suelo ¿vale?

          – Vale, -responde Zapatín.

          Y así comenzaron, Gauche a saltar por las ramas de los árboles, y Zapatín a seguirle saltando por el suelo.  Pero la verdad verdadera, es que Gauche no tenía ninguna intención de buscar la madriguera de Zapatín. Sólo quería divertirse un rato, y si de paso encontraba la madriguera, pues mejor que mejor…

         En ese momento, el papá, pensando que Ana ya estaría dormida, intentó sacar el dedo de la manita con que Ana le tenía cogido. Más cuando Ana sintió ese leve movimiento, apretó más fuertemente con todas sus fuerzas.

         – Sigue papá. No te pares –le dijo Ana.

        Al papá, más dormido que despierto, no le quedó otro remedio que seguir con el cuento de Zapatín.

        …Cuando ya llevaban un ratito saltando…, Zapatín se topó de bruces, sin que Gauche le hubiera avisado, con un zorro ¡Madre mía, que susto se dio!

          –  ¡Que no papá…!, que ahora no se encontraba con el zorro. El zorro es más tarde. Ahora se encontró con topillo que se llama Pillo, – le corrige Ana, que estaba más despierta que de costumbre.

           -¡Vale…!, – dice el papá. Y con bastante esfuerzo, continúa…

           …, Zapatín se topó de bruces con un topillo, que era…, sorprendentemente, ¡Más pequeño que él!…, y de un color marrón clarito.

           -¿Qué susto me has dado? -dice Zapatín. ¿Quién eres y cómo te llamas? Yo me llamo Zapatín, y mi amigo Gauche, que está ahí arriba, me está llevando a mi casa, porque me he perdido por el bosque siguiendo a una mariposa.

           -¿Qué tal Gauche? ¿Es correcto lo que este pardillo dice? ¿Que tú le estás enseñando el camino de su casa? – dice el topillo mirando arriba hacia la ardilla.

           -¡Hola Pillo! –responde Gauche. Bueno…, si… ¡Pues claro que sí! ¿Qué te crees, que no soy capaz de ayudar a los buenos amigos?

            – Si tú lo dices…, -contesta Pillo algo burlón-. Oye, le dice a Zapatín en voz baja para que Gauche no le oiga. No te fíes de la ardilla, es un tunante.

             Gauche que ya se olía que la cosa no empezaba a ir demasiado bien,  dice…

             – Pensándolo bien, Zapatín, ¡Yo me piro, papiro…! Quiero decir…, que dejo que Pillo te guie hasta tu casa a partir de ahora, que me he acordado que tengo algo urgente que hacer. Y sin decir nada más, ni darles tiempo a reaccionar, se alejó en la dirección opuesta saltando a otros árboles.

             – ¿Y ahora qué hago? –Dice en voz alta Zapatín, dirigiéndose a Pillo.

             – ¡La que me ha caído! –dice Pillo hablando para sí y dándose un pequeño golpe en la frente -. Vale, te acompañaré un rato, pero también tengo muchas cosas que hacer…, y el bosque no es nada seguro…

             – ¿Porqué no es seguro el bosque? Zapatín no entendía nada…

            – Te lo explicaré por el camino – contesta Pillo– Y comenzaron a caminar.

           Como Zapatín iba saltando, cada tres o cuatro saltos se tenía que parar para dejar que Pillo le alcanzara; aunque a veces, era Pillo el que caminaba un rato, luego se paraba, y Zapatín daba dos saltos y se volvían a colocar a la par. La verdad era un poco cansino ir así, porque casi no tenían tiempo de hablar…

            En este momento, el papá realizó otro intento de sacar el dedo de la mano de Ana. Lentamente fue deslizándolo hasta que lo sacó del todo, y en el hueco de la mano introdujo rápidamente el brazo de un oso de peluche pequeño. Ana, instintivamente apretó fuerte el brazo del osito…, pero ya estaba demasiado dormida soñando con las aventuras de Zapatín como para darse cuenta del cambio.

            El papá se levantó y salió silenciosamente de la habitación, volviendo ligeramente la puerta, pero sin cerrar del todo.

(II)

 

          Y ahora, queridos papás y mamás que estáis leyendo este cuento a vuestro hijo o a vuestra hija…, si todavía no habéis tenido la suerte de que ya estén dormidos, os toca continuar las aventuras de Zapatín por vuestra cuenta…, o inventaros cualquier escusa para esperar al siguiente capítulo y que el papá de Ana siga con la historia.

          Si decides continuar… ¡Enhorabuena!, pero tendrás que compartirla conmigo para que el papá de Ana prosiga mañana el cuento igual que tú.

          ¡A ver como la continúas…! y suerte.

Publicado por Sergio Alonso

Sin amor, la vida es hacer tiempo.

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